This Mirror Weighs a Ton, de Interpol: volver a Nueva York

La banda que nació posterior al 11 de septiembre de 2001 vuelve sobre sus obsesiones: la vigilancia, el aislamiento, el tiempo y el peso de mirarse a uno mismo. Su octavo álbum es oscuro e inquieto, pero también contiene una inesperada dosis de esperanza.

Hay bandas que pueden cambiar de piel y otras que, con el paso de los años, convierten su propia piel en un territorio que vale la pena seguir explorando. Interpol pertenece a la segunda categoría. En 2026, después de más de 25 años de carrera, sería absurdo esperar que el grupo decidiera convertirse en otra cosa. Su sonido está demasiado arraigado: las guitarras precisas y sombrías de Daniel Kessler, la batería quirúrgica de Sam Fogarino, el bajo de Brad Truax —que debuta en un álbum de Interpol después de 15 años acompañando a la banda en directo— y, por encima de todo, la voz grave de Paul Banks, siempre atrapada entre la intimidad, la urgencia y una cierta distancia emocional.

This Mirror Weighs a Ton, su octavo álbum de estudio, no intenta escapar de esa identidad. Lo interesante es que tampoco parece conformarse con repetirla. Interpol ha encontrado nuevas formas de habitar un sonido que conocemos desde hace décadas. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, es fundamental.

Porque este no es un disco construido desde la nostalgia por lo que la banda alguna vez fue. Es un disco sobre lo que todavía puede hacer con las herramientas que tiene.

Una de sus mayores virtudes está en el espacio. En saber cuándo llenar una canción y, sobre todo, cuándo dejarla respirar. Interpol siempre ha trabajado con la tensión entre la contención y la explosión, pero aquí los instrumentos parecen menos interesados en cumplir funciones predeterminadas. Las guitarras avanzan y retroceden; aparecen como protagonistas para luego convertirse en textura. El bajo puede conducir una canción o simplemente insinuarse debajo de ella. El resultado es una música más móvil, menos rígida, como si las estructuras conocidas de Interpol hubieran comenzado finalmente a desplazarse.

La canción que da título al álbum es quizá el mejor ejemplo. Parte de una arquitectura reconocible y empieza a desmontarla lentamente: guitarras que parecen girar sobre sí mismas, texturas deformadas, ráfagas repentinas de sonido. Todo ocurre antes de que aparezca Banks, como si la canción necesitara construir primero su propio espacio para que su voz pudiera entrar.

“See Out Loud” funciona de otra manera. Es inmediata, urgente, casi física. Hay algo magnífico en escuchar a Interpol cuando todos sus elementos encajan con precisión: guitarra, bajo, batería y esa voz que parece llegar desde una habitación contigua. La canción recuerda que, detrás de todas las capas y de todos los años transcurridos, esta sigue siendo una banda extraordinariamente poderosa.

“Iron City” se mueve en un registro más íntimo. Hay en ella una melancolía cinematográfica, una sensación de tiempo suspendido que aparece lentamente a medida que la canción se despliega. “Wounded Soldier”, en cambio, introduce un elemento menos habitual: un leve pulso dub, con el bajo y el ritmo construyendo un groove fragmentado que poco a poco adquiere velocidad.

Banks escribió las letras desde su casa en Berlín y, desde el último álbum de Interpol, se convirtió en padre por segunda vez. Pero la paternidad no aparece aquí como un catálogo de emociones domésticas. Su efecto parece ser otro: una conciencia más aguda del tiempo y de su carácter limitado. Como si la llegada de los hijos hubiera hecho más evidente la necesidad de elegir qué merece la pena hacer y qué ya no.

Las letras de Banks siguen siendo elusivas. No entregan respuestas con facilidad y, probablemente, tampoco pretenden hacerlo. Pero el propio título del álbum ofrece una clave: el espejo como una carga, como el peso de enfrentarse con uno mismo. La mirada puede dirigirse hacia dentro —hacia ese “maníaco en tu cabeza” que aparece en la canción homónima—, pero también hacia afuera, hacia una sociedad marcada por la vigilancia y por la sensación permanente de estar siendo observada.

El subconsciente ocupa un lugar cada vez más importante en el universo de Banks. De ahí la insistencia en el sueño, las pesadillas y esas horas inciertas de la madrugada. Muchas de estas canciones parecen ocurrir alrededor de las cinco de la mañana, cuando la frontera entre lo real y lo imaginado comienza a perder nitidez.

No es un territorio particularmente amable. “Sueño con violencia”, canta en “Wounded Soldier”. Y la canción, paradójicamente, resplandece en esa oscuridad.

Después aparece “So Rides the Reindeer”, quizá el momento más extraño del álbum. Es majestuosa y melancólica, llena de nieve y, como su título anuncia, de un reno. ¿Se ha convertido Interpol accidentalmente en una banda navideña? Probablemente no. Las letras son demasiado sombrías y no hay un solo cascabel que confirme la sospecha. Pero sí existe aquí una cualidad agridulce, una tristeza de invierno que parece pedir largas noches, ventanas empañadas y luces encendidas cuando afuera ya no queda demasiado que mirar. Es fácil imaginarla formando parte de una playlist de diciembre.

Hay, por supuesto, momentos en los que Interpol no necesita explicar quién es. “See Out Loud” recupera el nervio angular del post-punk, aunque con una pequeña anomalía dentro de su catálogo: Kessler se hace cargo de la voz en su sección central. “Wings On Fire” es un Interpol tenso, agitado, casi al borde de romperse. Y “Wake Up” parte de un riff inquieto, cercano al math rock, para encontrar después una inesperada sensualidad en el groove funk de la línea de bajo de Truax.

La misma “Wake Up” parece abrirse progresivamente desde un ritmo nervioso y entrecortado hacia un espacio mucho más amplio. En ese tránsito aparecen ecos de la energía impredecible de Talking Heads. “Bird and the Serpent”, por su parte, aporta una amenaza más épica, casi himnica. En conjunto, son momentos que revelan a una banda que todavía funciona con todos sus engranajes en movimiento.

Y entonces llega “Sudden”.

Un piano. Una voz. Menos ruido, más espacio.

La canción cierra el álbum como si después de toda esa tensión finalmente fuera posible detenerse un momento. Es una conclusión apropiadamente reflexiva para un disco que, en lugar de intentar reinventar a Interpol, hace algo bastante más difícil: demuestra que todavía pueden descubrir algo nuevo sin dejar de ser quienes son.

This Mirror Weighs a Ton no es un regreso al pasado. Es, más bien, una nueva visita a los lugares donde Interpol siempre ha vivido: Nueva York, la noche, la distancia, la ansiedad, la vigilancia, los sueños y esa incómoda habitación interior donde uno termina encontrándose consigo mismo.

 

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