“The Mountain” de Gorillaz: Abrazando el mundo

El noveno álbum de Gorillaz reúne a colaboradores vivos y fallecidos en un monumento audaz al duelo, la India y la memoria.

Felipe Ramos

La idea original era que Damon Albarn y el co-creador de la banda, Jamie Hewlett, renovaran su sociedad creativa embarcándose en algunas “odiseas clásicas por la India”. Sin embargo, entre sus dos viajes al país murieron los padres de ambos, y la segunda visita adquirió el tono de una peregrinación de luto. Albarn nadó en el Ganges y esparció allí las cenizas de su padre, entregándolas a su mitología. En el camino, dio con el concepto de The Mountain, sucesor del deslucido Cracker Island (2023). Además de convocar a un conjunto de músicos indios, recurriría a su archivo para rescatar grabaciones inéditas de colaboradores fallecidos de Gorillaz, articulando una suerte de convocación de almas.

Con la gran idea ya delineada, la dupla procedió como cabía esperar. Hewlett dibujó una viñeta en la que Russel, con turbante, encanta a una cobra con una flauta, y Albarn concebió The Mountain como una meditación sobre el duelo, teñida por la fascinación de su padre —también artista— por la música y la cultura india.

Fue al día siguiente del 11-S de 2001 que Damon Albarn persuadió al colectivo de rap de Detroit D12 para que, varados en Londres, entraran a un estudio y procesaran la noticia en tiempo real. En el corazón de The Mountain late una grabación desenterrada de esa sesión de 2001: un freestyle del fallecido Proof, reflexionando sobre la realidad brutal del asesinato cinco años antes de su propia muerte. La canción resultante, “The Manifesto”, transforma un ritmo preprogramado en un himno indio de siete minutos con artillería pesada del rapero argentino Trueno. El vértigo de una pieza así tiene menos que ver con su mérito compositivo que con la audacia del también cantante de Blur a manos llenas. Solo él concebiría esta sesión espiritista musical y la llevaría hasta el final; solo él habría tenido a D12 en la sala en primer lugar. 

Gran parte del resto del disco se inscribe en la tradición de Gorillaz como fiesta apocalíptica narrada por voces de uno y otro lado del velo. “Delirium” convierte a Mark E. Smith, de The Fall, en un maestro de ceremonias diabólico que nos invita al inframundo; “The Moon Cave” convoca a Black Thought (The Roots) y a la leyenda disco Asha Puthli en comunión con colaboradores fallecidos como Dave Jolicoeur (Trugoy the Dove, de De La Soul) y Bobby Womack; y “Damascus” ofrece un incendiario llamado y respuesta entre Yasiin Bey y el supremo del baile sirio Omar Souleyman. Hay apariciones póstumas de Tony Allen y Dennis Hopper, junto a un elenco vivo que incluye a Idles, Paul Simonon y, finalmente juntos en “Orange County”, la cantante y poeta Kara Jackson, el superproductor argentino Bizarrap y la sitarista Anoushka Shankar.

Donde “Damascus”, “The Manifesto” y “The Happy Dictator” —con apoyo de Sparks— potencian a sus invitados improbables, canciones como “The Plastic Guru” y “The Shadowy Light” roza el exceso. En esta última, la realeza de Bollywood Asha Bhosle, a sus 92 años, canta en hindi sobre zarpar hacia el más allá, pero Albarn la cubre con ráfagas heráldicas de psicodelia pop edulcorada. Figuras como Shankar y el flautista Ajay Prasanna aparecen a lo largo del álbum —este último interpretando ragas en “The Manifesto”—, aunque a menudo reducidos a músicos de sesión ornamentales. 

Tal vez sea la naturaleza de este coloso del pop globalista: eternamente adaptable a los caprichos de sus creadores, dispuesto a todo por sumar al colaborador perfecto, incluso si ese colaborador ya no está vivo. En The Mountain, el duelo se convierte en posibilidad épica: un llamado a abrazar el mundo, incluso cuando parece que uno está solo en él.

 

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