Con su último álbum de estudio, Dave Mustaine baja el telón de una institución del thrash metal.
Felipe Ramos H.
@feliperamosh
Han pasado 43 años, 17 álbumes y 32 cambios de integrantes desde que Dave Mustaine fue expulsado de Metallica, impulsando al pionero del thrash a formar su propia banda. Megadeth nació alimentada por el despecho, inspirada por la velocidad y posibilitada por el don de Mustaine para hacer la guerra con su guiterra Flying V. Durante cuatro décadas, Megadeth han sido sumos sacerdotes en una iglesia del metal donde la destreza técnica, los tempos vertiginosos y la actitud burlona son las virtudes más sagradas.
Como la mayoría de los héroes del metal de los 80, Megadeth ha pasado el siglo XXI barnizando su legado con lo probado y verdadero, entregando ocho LP desde 2001 que básicamente suenan todos igual. Y ahora, no por elección sino por necesidad, Megadeth salen del negocio con su canto del cisne homónimo. Mustaine, el principal visionario de la banda y único miembro original, sufre una lesión en la mano llamada contractura de Dupuytren que eventualmente le arrebatará su habilidad singular, por lo que Megadeth podría ser el último álbum que el dios de la guitarra sea capaz de hacer.
Si entras al 17º álbum de Megadeth esperando perspectivas nuevas y un trabajo de guitarra que compita de tú a tú con los riffs brillantemente imaginativos que Mustaine creó hace media vida, eso es un problema de expectativas. Las bandas en la franja de edad de “abuelos” de Megadeth —Iron Maiden, Judas Priest, incluso Metallica— hacen discos nuevos por la misma razón que la gente vuelve a pagar la patente de sus autos: para demostrar que aún son funcionales para la carretera. El tema de apertura, “Tipping Point”, obtiene luz verde en ese sentido: una escapada thrash ágil y contundente que comienza con un solo torrencial que cae del diapasón de Mustaine. A los 64 años, vuelve a pavonearse para los escépticos en “Let There Be Shred”, un ataque ligero que revisita la pose meta y la tontería irónica de los textos fundacionales del thrash. Y en la canción de medio tiempo “Puppet Parade”, Mustaine se pone su cadencia áspera de spoken word en un guiño directo a clásicos eternos como “Peace Sells” y “Symphony of Destruction”.
Megadeth demuestra que Megadeth todavía puede hacer lo suyo, pero falta el sentido comunitario de la última gran celebración de una banda. Megadeth han soportado más cambios de personal que cualquier otra institución del thrash, y aunque Mustaine ha mantenido firmemente el foco, los mayores logros de la banda siempre han sido un esfuerzo colectivo. Nunca ha tenido una alineación tan creativamente inspirada como el conjunto de principios de los 90 responsable de los riffs ágiles, los solos que dejan boquiabierto y los grooves de prog-jazz contundentes de Rust in Peace y Countdown to Extinction, razón por la cual nada en Megadeth se acerca siquiera a esas cimas.
Aun así, el liderazgo de Mustaine garantiza que Megadeth tenga todas las señas de identidad de un álbum de Megadeth competentemente olvidable. Sus letras son lo de siempre: cavilaciones vagamente críticas sobre la guerra y el conflicto que nunca superan un nivel de curiosidad adolescente de noveno grado por el asesinato industrial. El tema de cierre, “The Last Note”, termina con Mustaine recitando la frase: “Vine, goberné, ahora desaparezco”, lo que sería una forma bastante demoledora de despedirse si de verdad fuera la última nota del álbum.
Mustaine tiene muchísimo de lo que estar orgulloso, tanto en lo personal como en lo profesional, y ninguna cantidad de mediocridad tardía puede arrebatarle su estatus dorado como el antihéroe tenaz del thrash metal. Además de los premios Grammy de Megadeth y las ventas de discos doble platino, Mustaine venció un cáncer de garganta en 2019, posee cinturones negros en taekwondo y karate, y dirige con éxito un negocio vinícola junto a su esposa y su hija. Pero ninguno de esos logros ha llenado el agujero en su corazón que la otra banda de metal, más exitosa, que cofundó le abrió cuando lo echaron en 1983.
Todos esos años de animadversión hirviente han desembocado en que el repertorio grabado de Megadeth termine con una versión perfectamente correcta y perfectamente innecesaria de “Ride the Lightning” de Metallica, una canción que Mustaine coescribió con sus antiguos compañeros y que solo se publicó después de que lo expulsaran. En el contexto de todos los comentarios hilarantemente mordaces y torpemente deferentes que Mustaine ha hecho sobre Metallica en los últimos años, esta elección como pista extra parece al principio un troleo desesperado. Sin embargo, pensándolo mejor, versionar “Ride the Lightning” podría ser en realidad el final más apropiado y circular para Megadeth. Es la manera de Mustaine de reafirmar lo que ha animado a su banda nacida de la venganza desde el primer momento: al final del día, preferiría simplemente estar tocando en Metallica.

