Die Spitz estrena “Something to Consume”: rabia, ruido y hermandad femenina

Con su primer álbum de larga duración, el cuarteto de Austin confirma que la sutileza nunca fue su fuerte: Something to Consume es once canciones de furia femenina, riffs demoledores y hermandad sin filtro, marcando la entrada de Die Spitz a las grandes ligas de la mano del sello de Jack White, Third Man Records.

No dejes que un nombre alemán, un título en francés o un disco cantado en inglés te despisten: en el fondo, las cuatro integrantes de Die Spitz hablan el mismo idioma. Esa complicidad —que les permite intercambiar instrumentos y turnos vocales con total naturalidad, como si compartieran una sola lengua materna musical— es la que sostiene a este cuarteto de Austin, Texas, compuesto por Ava Schrobilgen (voz y guitarra), Chloe Andrews (guitarra), Ellie Livingston (bajo) y Kate Halter (batería). Pero antes de entrar en materia, la banda parece recordar sus modales y nos enseña, primero, a decir “hola”.

Desde el lanzamiento de su EP debut The Revenge of Evangeline en 2022, esta agrupación oriunda de Austin ha construido ferozmente su lugar en el panorama alternativo contemporáneo a punta de letras mordaces y shows en vivo arrolladores. Su popularidad creció de forma sostenida, impulso que se consolidó con el lanzamiento de su segundo EP, Teeth (2023), disco que las posicionó como una banda capaz de combinar a la perfección una imaginería oscura y poética con riffs densos y pesados, todo atravesado por una furia profundamente femenina.

Tras fichar este año por el sello Third Man Records, Die Spitz anunció lo que sería su primer álbum de larga duración: Something to Consume. A través de Teeth, Die Spitz ya había dejado entrever su amplio abanico de influencias musicales —desde Black Sabbath hasta Nirvana y Mudhoney— mientras se forjaba un sonido propio e identificable, uno que combina grunge, metal clásico y punk en dosis cambiantes. En Something to Consume, el grupo lleva su artesanía brutalmente magnética a nuevas alturas, explorando rincones inéditos de su musicalidad sin abandonar la identidad sónica que ya las distinguía.

El disco abre con un tono inesperadamente sereno en “Pop Punk Anthem (Sorry for the Delay)” y “Voir Dire”, dos canciones de aire casi folk que bordean lo radial y que podrían engañar al oyente desprevenido, haciéndole creer que está frente a un álbum sumiso o contenido. Esa suavidad inicial, sin embargo, no debe confundirse con una falta de ferocidad musical: es solo una fachada, una calma antes de la tormenta.

Esa fachada queda hecha pedazos con la entrada del sencillo líder, “Throw Yourself to the Sword”, cuyo riff demoledor —de esos que podrían dejarle tortícolis al mismísimo Corey Taylor— marca el verdadero punto de quiebre del álbum. La canción abre con un riff de guitarra pesado y machacón, y unas voces que parecen exigir una suerte de salvación vengativa (“¿Alguna vez despiertas y sientes que te falta algo muy adentro, en la columna?”), mostrando todo lo visceral que Die Spitz puede llegar a ser, tanto lírica como sonoramente, desplegando la magnitud completa de su sonido. En el videoclip que la acompaña, Ellie Livingston desfila armada con un sable por supermercados y lavanderías, exigiendo entrega total ante su filo; lejos de tratarse de una oda a algún señor de la guerra sediento de sangre, la canción funciona como un llamado universal a las armas, una invitación a inyectar fuerza y convicción tanto en la propia vida como en el mundo en general.

En esto radica, justamente, el núcleo de Something to Consume: un debut atronador y catártico que logra mantenerse sutilmente político y emotivo, incluso cuando prioriza el caos en la superficie. De principio a fin, el disco existe al borde de un precipicio.

“American Porn” camina por la delgada línea entre la dureza y la vulnerabilidad, y fluye sin fisuras hacia “Sound to No One”. Este último tema abre con un arrastre sónico de herencia noventera —pesado, casi reptante— que se equilibra a la perfección con voces etéreas, funcionando como una especie de canto de sirena oscuramente hipnótico. Es, sin duda, una pieza que exige ser escuchada a todo volumen sobre escenarios envueltos en humo, sumando aún más al aura de misterio que Die Spitz exuda de forma natural. Mientras un riff con ecos de Tool sostiene la base, Ellie pregunta entre gritos, contemplativa: “¿Por qué debería quedarme aquí? ¿Esto es todo?”, antes de soltar, ya en el estribillo, algo del Chino Moreno que lleva dentro.

Punk a quemarropa, “Riding with My Girls” acelera directo hacia ese precipicio, celebrando sin pudor la hermandad que impulsa a Die Spitz hacia adelante. La canción funciona como el himno perfecto para cuerpos chocando entre sí sobre pisos de locales empapados en cerveza, encapsulando esa brutalidad juvenil por la que la banda se ha hecho conocida, equilibrando una mirada optimista hacia el futuro con una pasión inquebrantable por la libertad total.

Entre medio, “Go Get Dressed” —probablemente la canción más melancólica de todo el álbum— mantiene una resonancia inquietante, equilibrada por una sed innegable de algo que la sacie, sin que termine de saciarse nunca del todo. Pero el oyente no tiene mucho tiempo para quedarse flotando en esas aguas: de inmediato es lanzado a toda velocidad con “Red40”, un corte veloz que se ubica a medio camino entre el thrash clásico y el hardcore moderno, tan catártico como contundente.

Hacia el cierre, “Punishers” baja revoluciones con suavidad tras la euforia de “Riding with My Girls”, aportando una influencia punk más mellow y contemporánea. “Down on It”, por su parte, combina de forma seductora grunge y hardcore punk, fortalecida aún más por su ritmo punzante y sus voces poderosas.

A lo largo de todo Something to Consume se exploran influencias de hardcore punk, grunge y metal clásico, pero el final reserva una sorpresa: el disco cierra con “a strange moon/selenophilia”, track que, a través de voces que se desvanecen en eco y guitarras eléctricas, lleva al álbum hacia un cierre oscuramente sicodélico, casi onírico.

Movido por la rabia femenina, el activismo político y una desesperación furiosa por algo más grande, Die Spitz lleva consigo un sabor de rebeldía tan duradero como refrescante. Con un peligro romántico y una lírica profundamente poética, estas músicas texanas sostienen un sonido que bien podría describirse como la hija bastarda y feroz de Soundgarden y Babes in Toyland.

A lo largo de sus once canciones, Die Spitz lleva su artesanía a nuevas alturas, construyendo sobre su ya reconocible sonido alternativo. Something to Consume termina por cimentar a la banda como una de las propuestas más emocionantes dentro del panorama rockero actual.

 

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