Hay discos en vivo que capturan el mejor momento de una banda. Otros registran el instante exacto en que todo comienza a desmoronarse. MTV Unplugged de Alice in Chains pertenece a esta segunda categoría y, tres décadas después de su publicación, sigue siendo uno de los testimonios más conmovedores que ha dejado el rock.
Para celebrar su 30° aniversario, la banda anunció una nueva edición del álbum, que llegará el próximo 25 de septiembre en CD y doble vinilo, incluyendo una versión limitada en color Solar Flare.
La actuación fue grabada el 10 de abril de 1996 en el Majestic Theatre de la Academia de Música de Brooklyn, después de casi dos años y medio sin que Alice in Chains ofreciera un concierto. Era un regreso improbable. La banda venía de atravesar uno de los períodos más oscuros de su historia: la creciente adicción de Layne Staley había obligado al grupo a suspender actividades a fines de 1994 y, aunque lograron reunirse para grabar el álbum homónimo de 1995, nunca pudieron salir de gira para presentarlo.
Aquella noche estaba llena de pequeños detalles que hoy parecen escenas de una película. El escenario fue cubierto con decenas de velas blancas compradas por el propio Staley. Jerry Cantrell dejó un basurero junto a su monitor, por si el alcohol le pasaba la cuenta. Mike Inez, siempre dispuesto a una broma, escribió sobre su bajo el mensaje «Friends Don’t Let Friends Get Friends Haircuts», una indirecta para los integrantes de Metallica, sentados en primera fila.
Pero el verdadero centro de gravedad era Layne Staley.
Quienes estuvieron presentes recuerdan a un cantante extremadamente frágil, aunque todavía capaz de sostener una interpretación de una intensidad casi insoportable. Estaba lo suficientemente drogado como para poder cumplir con el concierto. No lo suficientemente sano como para que aquello pudiera repetirse. Esa diferencia resume toda la tragedia de Alice in Chains durante aquellos años.
Semanas después de la grabación, Staley sufriría una nueva sobredosis y nunca volvería a presentarse en vivo. El Unplugged terminó convirtiéndose, sin que nadie lo supiera entonces, en una de las últimas actuaciones de la formación clásica del grupo.
Cuando MTV emitió el especial el 28 de mayo de 1996 —antes de que Columbia Records publicara el álbum el 30 de julio— la recepción de la crítica fue más bien tibia. Sin embargo, el tiempo terminaría colocándolo entre las mejores presentaciones de toda la historia del programa. El disco debutó en el tercer puesto del Billboard 200, fue certificado platino y lentamente comenzó a adquirir una dimensión mucho mayor que la de un simple álbum en vivo.
Para la mayoría del público era el regreso triunfal de Alice in Chains tras una larga desaparición. Para quienes conocían lo que ocurría puertas adentro era otra cosa: una hazaña conseguida contra toda lógica, protagonizada por un hombre que llevaba años luchando contra sí mismo.
El productor de MTV Alex Colletti llevaba mucho tiempo intentando convencer a la banda de participar en el programa. Estaba convencido de que aquellas canciones escondían una profundidad que solo podía apreciarse cuando desaparecía el ruido. «La voz de Layne iba a brillar», recordaría años después. Cantrell, en cambio, desconfiaba del formato acústico. No creía que canciones tan pesadas sobrevivieran desnudas frente a un público.
Al final no hubo una decisión artística brillante. Simplemente no existía otra alternativa. La banda no podía salir de gira y el Unplugged era la única posibilidad de volver a tocar frente a la gente.
Los ensayos fueron caóticos. Cantrell admitiría más tarde que prácticamente no ensayaron, con músicos llegando tarde o simplemente sin aparecer. Nada de eso quedó registrado en la actuación.
Desde los primeros acordes de «Nutshell» resulta evidente que ocurre algo excepcional. El escenario despojado elimina cualquier artificio: no hay distorsiones que oculten imperfecciones ni volumen que proteja a los músicos. Solo quedan las canciones. Y funcionan incluso mejor de lo que cualquiera habría imaginado.
«Would?», «Rooster», «Down in a Hole» y «Angry Chair» no aparecen disminuidas por el tratamiento acústico. Al contrario. Descubren nuevas capas emocionales, revelan matices invisibles en las versiones originales y, en varios momentos, alcanzan una intensidad incluso mayor que las grabaciones de estudio.
Staley luce demacrado, extremadamente delgado, pero completamente concentrado. Cuando canta en «Nutshell»: «We chase misprinted lies, we face the path of time», resulta imposible no sentir que está describiendo su propia existencia.
Cerca del final del concierto rompe por un instante esa tensión. «Creo que este ha sido el mejor show que hemos dado en tres años», comenta. Uno de sus compañeros responde de inmediato: «También ha sido el único». Staley se ríe y remata: «Bueno… igual es el mejor».
Esa carcajada quizá sea el instante más conmovedor de todo el concierto. El humor negro de alguien perfectamente consciente de su situación, que por un momento decide reírse de ella en lugar de dejarse aplastar.
El álbum concluye con «Killer Is Me», interpretada por primera y única vez aquella noche. Después vendrían la muerte de la prometida de Stanley, Demri Lara Parrott por sobredosis, un aislamiento cada vez más profundo, la última aparición pública de la banda y un largo silencio que apenas se rompería en 1998 con dos canciones para el recopilatorio Music Bank.
Layne Staley moriría el 5 de abril de 2002, solo en su departamento, víctima de una sobredosis de speedball. Su cuerpo sería encontrado dos semanas más tarde.
Treinta años después, MTV Unplugged sigue escapando a cualquier definición convencional. Es uno de los mejores discos en vivo jamás registrados, pero también un documento imposible de separar de la tragedia que lo rodea. En aquellas canciones conviven el talento, la belleza y la devastación. Escucharlo hoy es asistir, una vez más, al momento en que una de las grandes bandas del rock se despidió del mundo sin saber que lo estaba haciendo.

